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La voz de la Experiencia no debes frotar las muñecas al aplicar fragancia.
Desde hace mucho tiempo he observado que, al aplicar una fragancia, la mayoría de las personas realizan un gesto casi automático: pulverizan un poco de perfume en una muñeca, después en la otra, y enseguida las frotan con rapidez como si estuvieran generando calor o queriendo “sellar” el aroma en la piel.
Yo también lo hacía antes, hasta que descubrí que ese hábito, tan común y aparentemente inofensivo, en realidad afecta la manera en la que se desarrolla el perfume y puede arruinar por completo la experiencia olfativa.
Al principio, cuando alguien me decía que no debía frotar las muñecas, pensaba que se trataba de un simple consejo estético, algo relacionado con la elegancia del gesto. Sin embargo, con el tiempo comprendí que había una explicación científica detrás de esa recomendación.
La piel y el calor
La piel tiene enzimas y calor natural que ya de por sí influyen en la evolución de una fragancia. Cuando yo añadía el roce agresivo de las muñecas, lo que realmente hacía era alterar la forma en que las moléculas aromáticas se dispersaban y se rompían.
Lo entendí mejor cuando empecé a interesarme en cómo se construye un perfume. Cada fragancia tiene una estructura pensada cuidadosamente: primero las notas de salida, ligeras y efímeras; luego el corazón, que revela la verdadera esencia; y finalmente el fondo, profundo y duradero. Es como una historia que se cuenta en tres capítulos. Pero al frotar las muñecas, esa narrativa se distorsiona. Es como si alguien arrugara las páginas del libro y me obligara a saltar párrafos enteros. Las notas de salida, que son delicadas, se rompen demasiado rápido y no me permiten disfrutarlas como debería.
Me pasó muchas veces: aplicaba un perfume y, al frotar, notaba que desaparecía casi de inmediato la frescura inicial de los cítricos o la chispa de las notas verdes. En lugar de sentir un comienzo brillante, la fragancia saltaba de golpe a las notas medias, y esa transición me resultaba incompleta. Era como si me estuviera perdiendo un pedazo importante de la experiencia que el perfumista había diseñado.
El calor el peor enemigo de los perfumes.
Otro detalle que me hizo cambiar este hábito fue darme cuenta de que el calor adicional generado por la fricción aceleraba la evaporación de los aceites esenciales. En otras palabras, no solo estaba destruyendo las notas de salida, sino que además estaba reduciendo la duración general del perfume en mi piel. Y claro, cuando uno invierte en una fragancia de calidad, lo que menos quiere es que desaparezca antes de tiempo.
Hoy en día, lo que hago es algo mucho más sencillo y respetuoso con el perfume: aplico un par de atomizaciones en las muñecas y las dejo secar de manera natural, sin frotar. Si quiero extender un poco el aroma, toco suavemente con la muñeca en mi cuello o en la parte interna del codo, pero siempre sin fricción. De esa manera, las moléculas aromáticas se mantienen intactas y el perfume evoluciona como debe.
He notado que desde que adopté esta práctica, disfruto mucho más cada fragancia. Puedo sentir claramente las distintas fases, percibir los matices y apreciar el arte detrás de la composición. Además, la duración suele ser mejor, porque no estoy interrumpiendo el proceso natural de fijación en la piel.
Aprendí que frotar las muñecas es un error común que todos podemos evitar. No se trata de una regla estricta por capricho, sino de un consejo para respetar el trabajo del perfumista y para aprovechar al máximo el perfume que llevamos puesto. Yo dejé de frotar mis muñecas, y la diferencia ha sido enorme: cada aplicación se convirtió en un pequeño ritual que me conecta con el arte y la ciencia de la perfumería.
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