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Cuando empecé a interesarme de verdad en el mundo de los perfumes, creía que todo se reducía a encontrar un aroma que me gustara. Iba a una tienda, probaba varios en tiras olfativas y elegía el que más me atraía en ese momento. Sin embargo, con el tiempo descubrí que mi piel tenía mucho que ver con el resultado final. Lo que olía maravilloso en el papel o incluso en otra persona, no siempre se sentía igual en mí. Fue entonces cuando entendí que mi tipo de piel podía alterar por completo la manera en que un perfume se desarrolla y se fija.
La primera vez que lo noté fue cuando probé un perfume en una amiga y me encantó cómo se le sentía. Tenía una estela fresca, chispeante y muy luminosa. Al aplicármelo yo, el resultado fue totalmente distinto: en mi piel se volvía más pesado y desaparecía mucho más rápido. Esa experiencia me obligó a investigar y descubrí que la grasa natural, el nivel de humedad y hasta el pH de la piel influyen directamente en la duración y la proyección de una fragancia.
Elegir por tu tipo de piel.
En mi caso, mi piel tiende a ser mixta: en algunas zonas es más grasa y en otras más seca. Por eso aprendí a adaptar mis elecciones según lo que quiero lograr. Las pieles grasas, por ejemplo, suelen retener mejor los perfumes. Al tener más lípidos, las moléculas aromáticas se adhieren con facilidad y eso hace que el aroma dure más tiempo. Cuando uso fragancias en esas áreas de mi piel, noto que proyectan más y evolucionan de manera más lenta. Por eso, en días de calor o cuando quiero algo ligero, prefiero perfumes frescos, cítricos o acuáticos, ya que mi piel grasa potencia bastante la intensidad.
En cambio, las zonas secas de mi piel me enseñaron la otra cara de la moneda. Los perfumes allí duran mucho menos. Me pasaba que aplicaba una fragancia y al cabo de dos horas ya no quedaba rastro. La solución que encontré fue hidratarme bien antes de aplicarlos. Una crema sin aroma o incluso un poco de vaselina en la zona ayuda a que el perfume se adhiera mejor y prolongue su duración. También descubrí que en estas áreas conviene usar perfumes más concentrados, como un eau de parfum o incluso un extracto, porque las fórmulas ligeras se pierden demasiado rápido.
Otro detalle que aprendí con la experiencia es que la piel sensible puede reaccionar distinto. Aunque no siempre es mi caso, me ha pasado que ciertos perfumes con alto contenido en especias o alcohol me irritan un poco. En esas situaciones, lo que hago es aplicarlos en la ropa o en el cabello, evitando el contacto directo con la piel. Claro, la evolución no es exactamente la misma que en la piel, pero de esa forma disfruto la fragancia sin incomodidades.
La influencia entre el tipo del piel y el PH.
Lo más curioso que descubrí es que el tipo de piel también influye en la manera en que las notas del perfume se perciben. En mi piel grasa, por ejemplo, las notas dulces y especiadas tienden a acentuarse más, mientras que en la piel seca resaltan más rápido los toques frescos y volátiles. Eso significa que un mismo perfume puede contar una historia distinta dependiendo de quién lo lleve puesto.
Hoy, cuando elijo un perfume, no solo pienso en si me gusta el aroma, sino también en cómo va a interactuar con mi piel. Si sé que voy a estar en un ambiente fresco y quiero que la fragancia dure, recurro a concentraciones más altas. Si sé que mi piel está seca, primero hidrato y luego aplico. Y si quiero algo más ligero porque sé que mi piel lo va a proyectar con fuerza, opto por versiones eau de toilette.
Por ello y como recomendación te digo que al elegir un perfume no es solo cuestión de gusto, sino también de autoconocimiento. Saber cómo reacciona mi piel me ha permitido disfrutar mucho más de cada fragancia y aprovecharla al máximo. Hoy puedo decir que cada elección es más personal y consciente, porque aprendí a escuchar no solo mi nariz, sino también a mi propia piel.
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